06 diciembre 2014

El lado oscuro de la fiesta en España

Varios medios de comunicación hemos subrayado que el incendio de Móstoles ha sido la trágica corroboración de la tesis sobre «el lado oscuro de la fiesta española» que la revista Time había difundido un par de días antes en su edición americana. 

Sintiéndose llamado a desempeñar el papel de relaciones públicas del 92 a escala planetaria, Luis Yáñez, además de arremeter contra quienes como Alejandro Rojas Marcos o yo mismo contribuimos con nuestras opiniones a moldear ese reportaje, ha dicho, sin embargo, algo que no carece de sentido: las grandes desigualdades y contrastes como la yuxtaposición de la Sevilla de la Expo con el poblado gitano de El Vacíe -que tanto impresionó a la periodista de Time o la que ahora podría establecerse entre Puerta de Hierro y Móstoles, son una de las más genuinas lacras del capitalismo, y en absoluto sería justo considerarlas como algo específico de nuestro país. Ahí están, sin ir más lejos, puesto que desde Estados Unidos se nos juzga, los «homeless» que duermen, no ya en chabolas sino en cajas de cartón, a un tiro de piedra de la Casa Blanca o el reciente estallido del misérrimo centro de Los Angeles a diez minutos de coche de las rutilantes joyerías y boutiques de Rodeo Drive. 

Tampoco la xenofobia que han puesto de manifiesto las reacciones de agresividad e indiferencia hacia los polacos muertos, puede considerarse un rasgo que singularice a la España actual. Por desgracia el catálogo de manifestaciones de racismo a ambos lados del Atlántico no cesa de actualizarse día a día. Ciñéndonos a la nacionalidad de las víctimas, cualquiera que haya visitado estados de Nueva Inglaterra como Maine, Vermont o New Hampshire habrá percibido la agresividad latente con que la población «wasp» trata al alto número de inmigrantes polacos, despectivamente apodados «cannucks». 

El asunto dio incluso lugar a un célebre incidente político durante las primarias de 1968, cuando se atribuyó al senador Muskie una carta empleando esa palabra, que luego resultó ser falsa. Lo que en mi opinión individualiza a la España actual no es, pues, ni la existencia de bolsas de miseria, ni el trato infrahumano al que se somete a unos inmigrantes hacinados como bestias en diminutos cubículos, ni siquiera la falta de requisitos de seguridad o dispositivos contraincendios en buena parte de los edificios. Lo que nos hace diferentes es el poliester. 

Es decir el plástico. Es decir el revestimiento. Es decir la pretenciosidad y el ringorango. Por lo menos en Harlem, en el Bronx o no digamos nada en las «bidonvilles» que aún subsisten junto a las grandes metrópolis del mundo, uno sabe a que atenerse, puesto que los «ghettos» parecen «ghettos». Ninguno de sus inmuebles tiene el Premio Nacional de Arquitectura o ha osado promocionarse, como Villa Fontana, bajo el lema «un lujo redondo a su alcance». En España, en cambio, esa obsesión por la cáscara, por el envoltorio, por la tapa del cubo de la basura, la encontramos por doquier. 

Es la herencia de aquellos hidalgos arruinados que pavoneaban el lustre de sus apellidos y uno de los más genuinos hilos conductores entre el desarrollismo franquista y el maquillaje felipista. Según un informe que obra en poder de este periódico solamente el dinero que se han gastado las Comunidades Autónomas en erigir sus pabellones y financiar sus celebraciones, festolines y agasajos en la Expo alcanza el montante de 25.000 millones de pesetas. Como de costumbre la cifra en si misma no produciría ni frío ni calor, pero le pone a uno los pelos como escarpias si se percibe que se trata de una cantidad superior a la que los Presupuestos Generales del Estado dedican a investigación y desarrollo o que equivale a la mitad de todo el gasto anual del llamado Ministerio de Asuntos Sociales. 

La semana pasada me refería al delirio de la espiral del déficit público. La elefantiasis de nuestra burocracia, el superavión de combate, el AVE y el derroche de los gastos suntuarios conviven con una economía cada vez más deprimida en la que sectores punteros como la construcción tienen ya tasas de crecimiento negativo; y si algo parece repuntar como la competitiva y archiprofesional industria del automóvil, el vampiro fiscal se apresta a chuparle la sangre inventando nuevos impuestos disuasorios del consumo. Nuestra vida económica no está orientada hacia el ser sino hacia el parecer. 

De ahí que la masiva destrucción de puestos en la industria -con un episodio tan significativo como el de Ercros, una empresa a cuyo frente siempre hubo intermediarios políticos y no gestores- nos retrotraiga a la situación del 82, como si el celebrado decenio socialista no hubiera sido en su conjunto sino una tupida cortina de humo que antes o después terminará por disiparse. Lo más patético del Olivares de Elliott es la obsesión por la «reputación», heredada de su tío el ministro de Felipe III, Baltasar de Zúñiga. Cuanto más acentuada fuera la decadencia de la Monarquía, más esencial resultaba mantener el prestigio exterior, aun a costa de embarcarse en costosísimas guerras. 

Así se fue hundiendo también, envuelta en los más lujosos ropajes imaginables, la Serenísima República de Veneciaa lo largo de todo el XVIII. La clavede su política era preservar, embellecer siempre la fachada. LaEspaña de los grandes fastos del 92 responde miméticamente a esos principios: la modernización, la convergencia con Europa, la adhesión incondicional a los acuerdos de Maastricht son ideas clónicas que se superponen a cualquier análisis realista de nuestros verdaderos intereses y los ritmos que nos convienen. 

De ahí que haya que llegar a la meta del 97 encima de un pobre percherón a la vez que los mejores pura sangres continentales, aun a costa de reventar el caballo. Es cuestión de prestigio. La propia imagen de autocomplacencia de los principales líderes políticos, ufanándose a la vez de su audacia y su prudencia, puesto que habían osado reformar la Constitución, pero se habían limitado a añadirle una conjunción y un adjetivo, da mucho que pensar desde esta perspectiva. Tanto se ha hablado de la «modélica transición española» que hemos terminado sacralizado el inmovilismo resultante: ¿para qué tocar un edificio que ha merecido no ya el Premio Nacional, sino el Premio Internacional de Arquitectura Política? 

Y, sin embargo, basta atender a la pésima opinión de los ciudadanos sobre instituciones como el parlamento o los partidos y fijarse en la sensibilidad de las nuevas generaciones de vascos y catalanes, educadas ya bajo el concreto prisma del nacionalismo, para darse cuenta de que este traje no va a servirle a la España de mañana. Por eso el desencanto, por eso la insistencia en catalanizar los Juegos, por eso el apoyo masivo en Euskadi al proceso de diálogo que propone ETA. 

Mucho hablar de medidas anticorrupción, mucho hablar de devolver la ilusión a los ciudadanos, mucho marear la perdiz del federalismo, pero a la hora de la verdad, en el momento de abrir pór primera vez el sagrario constitucional, nuestros políticos se han limitado a cubrir el expediente, de forma que nada altere su espacio de comodidad. Sería terrible que nos tocara vivir el dia en que -como acaba de ocurrir en Móstoles unas instancias se echaran la culpa a otras de no haber emprendido a tiempo las reformas necesarias y tuvieran que hacer frente, de la noche a la mañana, a la desolación de la catástrofe. Porque lo malo del poliester es la velocidad con la que arde.

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