31 octubre 2014

Brad Pitt consumidor de cocaína

Entre un traficante de cocaína y un santo eremita (el blanco riguroso sirve para todo), se presentó Brad Pitt ante los medios de comunicación. 

Lo hacía en virtud de su triple condición de actor protagonista, productor y estrella del momento. Y arrasó. Si larga era la cola para ver la película, espeso era tumulto para entrar en la sala de prensa. Así, el intérprete comentó, en referencia al tono elegiaco de la cinta (no de la vestimenta), que la posible referencia al cristianismo no es tal: «La película es universal, habla a todas las culturas del mundo». 

Aunque, acto seguido, rectificó un poco: «Crecí en un ambiente cristiano. Y, como todo el mundo, para entender qué significa lo que nos rodea, me he preguntado siempre cosas. Muchas de esas preguntas están en la película, y por ello decidí involucrarme en el proyecto».

Por lo demás, y sobre el trabajo con Malick, el más místico y misterioso de los directores vivos, más misticismo y más misterio: «Llevaría días explicar en qué consiste el proceso creativo con él. El guión, por ejemplo, era muy intenso y estaba maravillosamente escrito, pero Malick no quería seguirlo al dedillo. Estaba obsesionado en capturar la verdad entre las líneas. Ésa es la razón por la que todo en la película resulta tan normal. Además, la mayor parte del rodaje se llevó a cabo con luz natural».

En este mismo sentido, Jessica Chastain, la madre (o la gracia, según sensibilidades), recordó que el director le recomendó varias pinturas para inspirarse: «Siempre con la idea de la gracia en mente». «Todo se vivía en presente. La realidad entraba constantemente en el rodaje», dice y para que no quede duda añade: «La escena de la mariposa [en un momento dado, una se posa en su mano] no estaba en el guión. Malick creó el ambiente para que las cosas simplemente ocurrieran». Y dicho lo cual, todo y todos de blanco, se van.

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