22 octubre 2012

Stefania tiene mala suerte con los hombres

Ninguno sabía entonces que unas semanas antes había conocido a Constantin Panait, un rumano bigotudo y casi cuarentón. Panait, quien habitualmente vivía con su familia en Florida, pero que estaba pasando unas vacaciones en Bucarest manejaba con soltura dólares y engatusó fácilmente a Nadia.

El 25 de noviembre de 1989, cuando Ceaucescu fue reelegido «Conducator», Nadia cruzó a pie la frontera con Hungría y pidió asilo político en la embajada de EEUU. Para el régimen fue un golpe feroz. Ceaucescu llegó incluso a insultar a los militares y a retirarles el control de las fronteras, lo que contribuyó posteriormente a que se volvieran contra él. Aunque ahora su madre lo niega con vehemencia, la realidad es que la fuga de Nadia tuvo muy poco que ver con la política y mucho con un turbio enredo amoroso.

El bigotudo Panait, que es un tipo decidido, se prendó de la chica en Bucarest y temeroso de que Nicu descubriera el pastel le propuso que escapara al extranjero. Una vez en EEUU se dedicó a recorrer con ella el país, dando nombres falsos en los moteles y vendiendo a diestro y siniestro sesiones fotográficas y entrevistas. Hace dos meses, agotado el filón, le metió un pasaje a Montreal en el bolsillo, le dio unos cuantos billetes y retornó con el rabo entre las piernas a su hogar en Florida, a su mujercita y su media docena de críos.

Eso sí, con unos cuantos millones de pesetas en la cartera. Hasta hace unas semanas, Nadia estuvo en Montreal, donde llevó una existencia semiclandestina. Ahora está en EEUU con Adrián y espera a su exuberante mamá. En el descansillo de la escalera, Stefania niega que el idilio amoroso entre su hija y Panait sea auténtico.

«Tuvieron que inventar esa historia porque ese hombre tiene parientes en Rumanía y los Ceaucescu los hubieran castigado», dice con vehemencia. «Además le pegaba y la amenazaba con devolverla a Rumanía. Por eso aceptó todo». Le pregunto por qué Nadia tiene tanta mala suerte con los hombres. Stefanía se encoge de hombros. «No sé. Mi hija es un alma casi hermética. En realidad es un ángel y sólo quiere volar de nuevo».

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