29 octubre 2012

El ejecutivo generoso

Shapiro escribe este libro desde su experiencia como empresario. Un título grandilocuente para un empeño de miras -y resultados- bastante más estrechos: la anunciada tercera revolución se reduce en la práctica a una declaración de intenciones. Adalid del sector privado, el autor expone su ejemplar historial de buen directivo, fruto de un cambio de métodos y actitudes hacia el trabajo. Su modélica gestión se sustenta en una «filosofía» alicorta, intrínseca a esos enunciados -slogan de sabor inequívocamente «yankee» («La Ley de Murphy», el «principio de creatividad» de su amigo Nat y otras perlas -perdón, reglas- similares que va engarzando a lo largo del texto, a modo de instrucciones para el uso). A partir de ahí, establece pautas valederas tanto para la empresa privada como para la Administración.

Shapiro asigna tales cometidos a una «nueva casta» que vendría a sustituir la imagen agresiva, dura del empresario clásico por una propuesta más estética, más vendible. Un capitalismo decoroso, decorado, que no enseñe los dientes sino la sonrisa. En definitiva, una mera cuestión formal. Un estilo de mando. Convencida previamente de la bondad y rentabilidad de su estrategia, la «nueva casta» empresarial orienta su ofensiva hacia dos frentes: el Gobierno y los medios de comunicación. En el primer caso, se trataría de conciliar intereses públicos y privados mediante un «proceso de acomodación» entre empresarios y gobernantes.

Las propuestas de Shapiro tienden a contrarrestar la presunta, excesiva injerencia del poder político en la dinámica económica -sus argumentos propician la «desrreglamentación»- y, a la vez, a incrementar la influencia de las organizaciones privadas sobre la Administración -a través del asesoramiento técnico de organizaciones como «The Business Roundtable» (La Mesa Redonda Empresarial) cuyo balance juzga francamente «positivo». Por lo que respecta a los medios de comunicación, su mensaje resulta meridiano: «Conviene no subestimar la importancia de realizar una inversión a largo plazo de cordialidad de relaciones con los periodistas».

Shapiro concede especial importancia a las relaciones humanas tanto cuando habla de los periodistas como cuando se refiere al Gobierno o a la propia empresa. Insiste en la necesidad de crear un «clima» de apertura, de estrechamiento de lazos personales. Ese «clima interno» donde el trabajador se siente miembro de «su» empresa no de «la» empresa, tal como parece ocurrirle al autor, alto directivo de una potente compañía norteamericana que enarbola sin sonrojo su bandera. El podría afirmar: «Du Pont, c'est moi».

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