15 octubre 2012

Claudia Cardinale la guapa entre las guapas

Hubo un tiempo en el que todas las actrices de la pantalla eran hermosas. El cine, sin entrar en otras consideraciones, no tenía nada que ver con la justicia social y a las menos agraciadas se las llamaba intérpretes de carácter o se dedicaban a la escena. 

En aquellos remotos días Claudia Cardinale accedió al parnaso de la hermosura física tras ganar un concurso de belleza, casi casi como apuntara Visconti -uno de los realizadores con que más colaboró- en Bellísima. Tras ser elegida la italiana más guapa de Túnez, país en el que nació en unos tiempos en que las pantallas de su patria estaban llenas de damas monumentales (Sofía Loren, Gina Lollobrigida y Virna Lisi entre otras bellas), fue invitada al Festival de Venecia y allí enamoró a Franco Cristaldi.

Diez años después de que interpretara Rufufú, mi favorita de sus primeras películas, Claudia Cardinale era conocida internacionalmente por sus iniciales: C.C. y sus encantos sólo eran comparables, aunque las comparaciones siempre son odiosas, a los de Brigitte Bardot para la que también bastaban dos letras: B.B. A quienes tuvimos la suerte de despertar a la sexualidad en aquellos años nos gustaban las chicas como ella. Todavía recordamos los escotes que lucía la ragazza al cabalgar, porque aún se cabalgaba en las películas, junto a Lee Marvin y Burt Lancaster por el lejano Oeste o junto a la mismísima B.B. por la cercana Almería. Aquella cinta, en la que compartía el reparto con la amiga de los animales, llevaba por título Las petroleras y no era más que una broma.

Sería injusto recordar a una de las actrices favoritas de Visconti por sus galopadas en el desierto andaluz. Yo prefiero rememorarla en nuestras antípodas, en el país de los canguros donde respondía a un anuncio del caro Alberto Sordi en el que pedía a una chica intocada bajo la dirección de Luigi Zampa o enamorando a David Niven en la Pantera Rosa al compás de la sabia batuta de Blake Edwards. Después llegaron los que confundieron la hermosura con la justicia y C.C. se adaptó a los nuevos tiempos trabajando con realizadores tan heterodoxos como Liliana Cavani o Werner Herzog para revulsivo de los mentecatos que aseguran que están reñidas belleza e inteligencia.

Claudia Cardinale, quien inspiró un ensayo de Alberto Moravia en 1963, es una actriz de innegables dotes y con una dilatadísima carrera en la que se incluyen colaboraciones con Abel Gance, con Federico Fellini y con Henry Hathaway aunque nunca en su vida haya sido fea.

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