25 mayo 2018

Pago unas cervezas y unas gambas al ajillo

Más de un siglo y medio después de que Larra hiciera la tétrica pregunta «¿No se lee en este país porque no se escribe o no se escribe porque no se lee?», a la misma pregunta habría que responder que hoy se escribe mucho y se lee más, a pesar de lo que digan las estadísticas. Cada Feria es un récord de venta y de público. Los libreros y los escritores dicen que no se lee, y que para vender un libro, o una revista, o un periódico, hay que regalar una sopa o la quinta sinfonía, pero no es cierto. Porque ni la televisión, ni el bingo, ni las becas han matado la afición. 

Lo que pasa es que ahora leen mujeres mientras los hombres se embrutecen con el fútbol y los libreros que aguantan son los que hacen milagros. Escribir es difícil, vender libros, sin poner imaginación en la hacendera, es imposible. Los helados se venden solos, la cocaína también, pero un libro, raras veces, seduce al lector desde el escaparate. Necesita de un Don Crispín, como Leandro. Los libreros que sobreviven y triunfan son los que ponen coraje y amor en el oficio. Ahora que los voy conociendo descubro que representan el nervio y la conciencia de la vida literaria. Sin ellos se degradaría esta dudosa industria. Como los labradores van de llorones y masocas, pero ganan batallas a la indiferencia y la ignorancia, no hay más que darse un garbeo por las ferias de España, o por la de Madrid, sin ir más lejos, para descubrir que no es éste un mal año de libros. 

Y eso que resulta grotesco que los batuecos se maten en la barra del bar por pagar unas cervezas y unas gambas al ajillo y luego se resisten, como los perros al baño, a comprar un libro de mil quinientas pesetas. En Madrid, la Feria del 94 ha superado su propio récord de asistencia: más de medio millón de visitantes durante el primer fin de semana. «Desde la caseta numero uno -dice El País- hasta la 317, que se encuentra en la otra punta de la Feria, esta muestra fue un auténtico atasco humano». 


Escribir en Madrid ya no es llorar, ni escribir para nadie. El emborronar papel parece el pecado del día, y los libreros en cada ciudad se las ingenian para atraer a los lectores y dar salida a tanta fábula. En Valladolid una banda inunda de música el zoco mágico; en Burgos, Carlos Olivares Ramírez, presidente de la asociación de libreros, ha editado un folleto en el que recoge un texto bellísimo de Ricardo Bory «Filobiblion, muy hermoso tratado sobre el amor a los libros», en el que se lee: «El libro es el maestro que nos instruye sin brutalidad, sin gritos ni cólera, sin remuneración. Si nos acercamos a él jamás lo encontraremos dormido, si le formulamos una cuestión, no nos oculta su idea, si nos equivocamos no nos dirige reproches. Los que están poseídos por el amor al libro valoran en muy poco las cosas de este mundo y el dinero. San Jerónimo lo dice escribiendo a Vigilancio (Epístola 54): "Un hombre no puede estimar a la vez las monedas de oro y las escrituras". Esto ha hecho decir a un poeta: ninguna mano teñida de orín es apta para sostener un libro». Pienso como Ricardo Bory y como Carlos Olivares que la ociosidad sin libro es la muerte y la sepultura del hombre vivo. Los batuecos de este final de siglo sí que escriben y leen y hablan y oyen. Cada escritor tiene en la Feria su libro en el escaparate y cada librero monta su carpita en El Retiro.

¡Maldito Guttemberg!- En un siglo Madrid ha pasado de ser aquella ciudad en la que el señorito de polainas y chambergo, con breve chupetín o con calzón y faja ganaba mil reales al día, dos mil lograba de renta y ni un solo libro tenía, ni lo compraba, ni lo quería, lo que hace exclamar a Fígaro: «¡Maldito Guttemberg!: ¿Qué genio maléfico te inspiró tu diabólica invención? Mira aquel librero ricachón que cerca de tu casa tienes. Llégate a él y dile: "¿por qué no paga bien a los literatos?". Ay señor, te responderá. Ni hay literatos, ni manuscritos, ni quien los lea. No nos traen sino folletitos y novelicas de ciento al cuarto. ¿Vender?. Ni un libro, ni regalados los quiere nadie. Si fueran billetes para la ópera o los toros». 

El Retiro de hoy desmiente a Larra. El Retiro donde, según Umbral, aún pasea Pío Baroja con abrigo hasta los zapatos: «Juan Ramón decía que, cuando cerraban El Retiro, por la noche, la luna madrileña se quedaba dentro. Gómez de la Serna iba con sus anarquistas de juventud a subirse a las verjas y les gritaban a los guardias: ¡queremos desayunar!».

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