14 mayo 2016

Los cuentos de hadas me cambiaron la vida

Del día de los libros siempre recordaré una tarde de Barcelona en la que bajaba el Paseo de Gracia al lado de Félix Bayón. Íbamos desmadejados un grupo de escritores, de regreso de esa misión entre absurda y evangélica de firmar libros. Javier Reverte, Maruja Torres, algún editor, y por el suelo, algunos pétalos de rosas, desperdigados como nosotros. 

Bayón recibió allí mismo la noticia de la muerte de un amigo, suyo y de Maruja. Un periodista de la vieja escuela con el que ambos habían corrido por medio mundo. Poco después sería Félix el que se despidió de todos -un poco a la francesa y un mucho a lo Bayón- sin más escándalo que el que produjeron los portazos de nuestros corazones.

Aquella tarde barcelonesa pensé que empezaban a liquidar a la penúltima generación de dinosaurios. Disparaban sobre la tribu.Aquella gente que se formó una idea de los límites del mundo a través de las coordenadas que les daba el propio mundo -la calle, las orillas de la ciudad, esos territorios donde las farolas alumbran poco- y también de las coordenadas que les enseñó, en un arrullo secreto, la letra impresa. A Marsé le cambió la vida La isla del tesoro, a Henry Miller lo dejó herido Rimbaud, a Ana María Matute los cuentos de hadas. Los sueños y sobre todo el choque brutal de esos sueños con la realidad dieron como resultado un tipo determinado de escritores. Probablemente irrepetibles.

El laboratorio ha empezado a sustituir al mundo. Se habla con gran preocupación de la llegada de los libros electrónicos. Sin embargo, ése no es el problema. Esos libros sólo son un punto y seguido en la historia de la literatura. El problema estará en el mundo que rodeará a esas herramientas. Y en cómo ese mundo afectará a aquellos que estén encargados de contarlo. 

El punto de vista, el lugar desde el que se observa, la lupa que se emplea.Al final un escritor es poco más que eso. Un puesto de observación, una perspectiva, necesariamente distorisionada, de la realidad.Lo malo es que muchos escritores empiezan ya a trabajar desde la visión previamente distorsionada de esa realidad. 

De ella sólo conocen lo que les llega a través del filtro helado de una pantalla de plasma. Reciclan el material que ya reciben reciclado.Conocen el mundo sólo a través de uno de los sentidos, el de la vista, y en el mejor de los casos, tienen el apoyo del sonido.La gleba audiovisual. Se han olvidado del tacto, del sabor y del olor que desprende el mundo, no ya en esos rincones de los que hablábamos al principio, sino un poco más allá de la acera de su casa, el despacho de su agente o la ciudad donde cada tanto van a predicar, invitados por un instituto Cervantes.

El mundo se los come con una dentadura postiza. A los viejos dinosaurios de este oficio se los tragaban en un fatigoso cuerpo a cuerpo. El mundo y ellos se afilaban cada noche los incisivos.Estaban preparados para la merienda. Equivocados, con el norte torcido, tal vez peor informados, pero quizá por ello con los ojos más abiertos, un poco más alerta. No serán ni mejores ni peores escritores. Serán sólo un poco distintos. 

Buenos alimentos pasados por el frigorífico. Le recuerdo a Bayón algunos comentarios al respecto. También los aplicaba a la gente de los periódicos.Le empezaban a dar miedo el aspecto y el tufo de algunas redacciones.Echaba de menos un poco de polvo en la suela de los zapatos.Nosotros, como ya anunciara Muñoz Molina poco después de su muerte, cada vez lo echamos más de menosa él. Esta tarde bajarán otros las ramblas y las calles de Barcelona. Pero los pétalos en el suelo, el olor y esa rara melancolía anticipada, serán los mismos.Una tribu mestiza que se disgrega al caer la noche. Algunos irán a los altares. Precisamente los que, como Félix, nunca se creyeron el evangelio.

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