28 mayo 2016

Cuando me aburro en misa

De la noche a la mañana, los islandeses múm han pasado de ser uno de los grupos más originales del planeta a convertirse en una parodia de sí mismos y, de paso, en un aburrimiento soberano que a punto está de manchar definitivamente un currículum que hasta hace poco era limpio e inmaculado. ¿Cómo pueden ocurrir estas cosas?

En este caso concreto la razón acaso tenga que ver con la deserción progresiva de las dos componentes femeninas del cuarteto, las misteriosas gemelas Gy a y Kristin Anna Valtýsdóttir y sus voces aniñadas que tanto carácter y fragilidad le daban a las canciones de la banda. O puede ser el caso contrario, que esa misma deserción tuviera que ver con un rechazo a las nuevas formas con las que pretendían jugar los dos chicos de múm, cada vez más lejos del pop electrónico en miniatura y más cerca de un folk pastoral con demasiada carga hippy. 

El caso es que los múm de Go go smear the poison ivy ya no son los de Summer make good y ni mucho menos los de antes. Se nota incluso en el escenario.En anteriores visitas del grupo se comprobó que con cuatro personas, un poco de electrónica cristalina, un violonchelo y cuatro instrumentos de juguete podían transportar a su público a un país de hadas, o a la más tierna infancia. En Razzmatazz, sin embargo, hicieron falta hasta 13 personas en el escenario para aburrir a las ovejas que pacían en su aletargado folk místico.

Parecía otro grupo el que estaba ahí, porque incluso la marginación del repertorio antiguo en el primer tramo de la actuación parecía querer hacernos advertir que esto es un borrón y cuenta nueva.

Por un Nightly cares o un Green grass of tunnel, que se esperaba -sobre todo la segunda, tonada conocidísima gracias a haber sido durante años el fondo de las cortinillas de nuestra televisión pública-, ellos regalaban dos tazas de autocopia mala. Habría que sumar también la atmósfera fría en general: poca gente en la sala -muchos días festivos a la vista y otros conciertos del ramo indie celebrándose en otras salas de Barcelona: no era la mejor noche- y un poco de desgana por todas partes. Pero no hay que echarle las culpas al entorno, como haría Cruyff: el problema fue que múm han cortado amarras con el grueso de su etapa anterior.

Ya no son el grupo fundamental de lo que se llamó indietrónica -el pop minoritario de siempre pero con maquillaje electrónico preciosista-, sino unos paisajistas que en vez de pintarlo todo de verde y amarillo, con mucho césped y trigo, acuden al gris y al negro de la ceniza. O sea, se han echado a perder.

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