27 julio 2015

Los tres peores días de la reina de Inglaterra

Una gran satisfacción debió de sentir la reina Isabel II cuando, en palacio, pudo anunciar por fin que Ceaucescu había sido despojado del título de caballero británico honorífico que le había sido otorgado durante su visita a Gran Bretaña en 1978. Probablemente, le gustaría también recuperar el fusil, equipado con mira telescópica, que le regaló en aquella ocasión, así como el broche de diamantes que recibió Elena Ceaucescu. 

No es habitual que la reina haga público algún comentario sobre los visitantes de estado a quienes recibe en nombre de su gobierno. Pero en 1978, después de la estancia de tres días del presidente Ceaucescu en el palacio de Buckingham, la reina hizo saber que fueron los peores días de su vida y que bajo ninguna circunstancia querría devolver la visita a Rumanía. 

El matrimonio Ceaucescu había llegado al palacio acompañado de un cortejo de agentes y de un catador de comidas, encargado de velar por que «el Dios laico, el corazón del partido y de la nación rumana, el heredero de César, Alejandro Magno, Napoleón...» etcétera etcétera, no fuese a caer presa de un cáliz emponzoñado de la reina británica.

James Callaghan era primer ministro a la sazón. Prácticamente fue chantajeado por el dirigente rumano para organizar la visita de estado. British Aerospace llevaba varios meses negociando la venta de una flotilla de aviones BAC 111 a las líneas aéreas rumanas, Tarom. Algunos de esos aviones habrían de montarse en Rumanía. Los rumanos, negociadores siempre escurridizos, parecían a punto de firmar pero siempre estaban poniendo obstáculos. Como cebo, Callaghan le ofreció al presidente Ceaucescu una visita oficial. 

Pero el dirigente rumano insistió en que sólo aceptaría una invitación de la reina. El contrato de los aviones se firmó más tarde, pero no hizo más que seguir ocasionándole problemas a Gran Bretaña. Los rumanos no querían desprenderse de divisas para pagar los aviones y, como eran muy quisquillosos, hubo también jaleos legales. Tanto British Aerospace como la reina prefieren, sin duda, olvidarse de que tuvieron algo que ver con los Ceacescu. Pero en 1978, las negociaciones comerciales no fueron el único motivo por el que Gran Bretaña dio la bienvenida a Ceaucescu. Por aquel entonces era, en gran medida, el sabor comunista del mes. Occidente aprobaba y apreciaba su política exterior independiente. 

El señor Callaghan alabó sus cualidades de estadista, la señora Thatcher, como líder de la oposición, desfiló, junto con otros notables de Westminster, para estrecharle la mano. Elena, que siempre se vanaglorió de ser una científica experta, recibió un título honorífico en la universidad politécnica del centro de Londres. La reina, pronunciando palabras que le proporcionó el Gobierno, alabó a los Ceaucescu por su «lucha heróica» y manifestó lo mucho que había impresionado a los británicos «la resuelta postura que han adoptado para mantener la independencia de Rumanía». 

Ceaucescu se había interesado mucho porque su visita de estado a Londres ocupase un lugar destacado en la prensa británica. Convenientemente censurada, los medios rumanos podrían regalarles a los súbditos de Ceaucescu relucientes pruebas de su aceptación entre los grandes. Unas semanas antes de su llegada prevista a Londres, los diplomáticos rumanos rondaron a todos periódicos londinenses ofreciéndoles una entrevista con el Gran Hombre de Bucarest, pero a condición de que sus dulces tonos fuesen reproducidos al pie de la letra. 

El Guardian cometió la equivocación de aceptar y se me envió a mí a Bucarest. Acudieron a recibirme al aeropuerto tres miembros del comité central del partido comunista rumano, quienes me comunicaron que la entrevista sólo tendría lugar, en realidad, una vez que hubiésemos llegado a un acuerdo sobre las preguntas que se le iban a hacer. A continuación, vinieron tres días de negociaciones, durante los cuales tuvimos que acordar no sólo el talante general de las preguntas sino hasta cada palabra concreta. Fue tan curioso como divertido. Por último se me comunicó que el presidente me recibiría al día siguiente, a las nueve de la mañana. Bucarest se sofocaba bajo los efectos de una ola de calor. 

Sin embargo, a mí se me indicó que debía ponerme un vestido de manga larga, medias y guantes. Me dijeron que se me permitirían tres minutos para charlar de manera informal y que luego empezaría la entrevista. Se me prohibió utilizar magnetófono, aunque tuvieron la amabilidad de permitirme que tomara apuntes. Más tarde, me darían una transcripción, en inglés. Fui escoltada hasta la presidencia por el jefe de protocolo rumano. Estábamos en una habitación de vastas proporciones. Tras una sonrisa inexpresiva del presidente, se conectaron las cámaras de televisión -era una norma invariable que los compromisos públicos del «conducator» ocupasen la mayor parte del noticiario vespertino- y nos sentamos los dos en unos hondos sillones, muy alejados entre sí y colocados paralelos, por lo que en realidad yo no podía mirarle, ni él a mí. 

Sobre una mesa que había a su lado, Ceaucescu tenía un manojo de chuletas. No tenía intención de decir nada espontáneo ni improvisado. Ya me pareció que la representación estaba durando demasiado y dejé de atenerme al guión. Embarullé el orden de las preguntas y le hice también algunas nuevas sobre Brandt, el ex canciller alemán, que estaba en Bucarest para unas conversaciones.

El dirigente rumano parecía claramente contrariado. Revolvía sus papeles. Su resuelto flujo verbal se hizo más lento. El intérprete estaba aún más sorprendido y nunca averigüé lo que Ceaucescu decía realmente, porque era obvio que no me lo estaban traduciendo con exactitud. La transcripción, impregnada de una indigerible jerga lealista, me llegó al día siguiente. En respuesta a una pregunta sobre el mal trato infligido a las minoría, Ceaucescu había manifestado que «Rumanía es uno de los pocos países que han resuelto los problemas de sus nacionalidades de una manera humanista y democrática». Todas sus demás afirmaciones contenían ese tipo de autoengaños. Costaba extraer de todo ello alguna línea que valiese la pena publicar y me tuve que limitar a citar que Ceaucescu había prevenido de que «no debe permitirse que África se convierta en zona de enfrentamiento entre la Unión Soviética y los EE.UU ni ningún otro estado». 

Tuve un encuentro más con Ceaucescu. Sir Geoffrey Howe había ido a Bucarest en visita oficial. Debido a las restricciones de energía, prácticamente no se disponía de calefacción y había muy poca luz. En la sala donde celebró Sir Geoffrey sus reuniones con el ministro de asuntos exteriores había carámbanos de hielo. Pero todo cambió cuando llegamos al palacio. Se abrieron las puertas y allí estaban la luz, el calor y el presidente. Ni que decir tiene que no hizo señal de reconocerme cuando me atreví a acercarme a la Luz de Rumania.

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