20 julio 2015

La arruga es bella incluso en la ropa

Alucina con el pecho desnudo de Yves Saint Laurent, con los sastres galácticos de Thierry Mugler, con los flecos, cremalleras, ganchillos, mallas y faldas para hombres, además de monjas irreverentes, de Jean-Paul Gaultier, con los bodys de Alma, con el macramé y las transparencias de Montana, además de las lycras, las lentejuelas, las etnias, la aerodinámica, los bermudas de hombre, los estampados felinos, el lino universal, y un largo etcétera, no podemos más que recordar ese momento brillante, único y visionario que tuvo la moda española. 

Pues Antonio Miró lanzó, en un desfile memorable en el 78, el vestido de amazona que descubría un pecho desnudo adornado con una pieza de plata de Chelo Sastre, además de bermudas y chalecos de hombre, además del fucsia con rojo, además del tejido de punto, además de la falda-pareo, de la seda natural para todo, de la sastrería de mujer... Francis Montesinos, casi sin saberlo, hizo del punto étnico una tendencia urbana, y usó el lúrex y los colores ácidos, la lycras y las cremalleras, los pantys y faldas para hombre, los vestidos de blonda, y en general, una imagen de Mad Max urbana e inmejorable. 

Adolfo Domínguez se plantó antes que nadie en el lino, la arruga bella, Jesús del Pozo, entonces más especializado en moda masculina, escandalizó con sus blusones de organza transparente y sus pantalones de fuelle. Manuel Piña y Paco Casado, firmantes de la marca Vicius, se adelantaron castizamente a la asimetría japonesa; y, más tarde, Manuel Piña presentaría su macramé de tiras de cuero. Daniel Carbocci, diseñador de Falstaff, presentó las interpretaciones del estampado pop. Pepe Reblet lanzó el ante confeccionado como un tejido más. 

Ferrer y Sentís produjo las mejores colecciones de punto de Europa. Son sólo unos ejemplos, de lo que aconteció en un año que no debería olvidarse, la cuna del fenómeno de la moda de España, un momento irrepetible, el del talento innovador en su estado más puro: el de la inocencia.

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