25 abril 2014

El sueño americano es un espejismo

Un viaje a través de la Norteamérica profunda en busca del Sueño Americano. Un intenso recorrido desde Nueva York hasta California donde se descubren los tópicos y los mitos que el cine nos ha hecho creer y la realidad que se esconde tras el país de las oportunidades.

Lo llaman sueño por no llamarlo espejismo, el espejismo americano, aquella delirante sucesión de descapotables y moteles, la radio a toda pastilla y la botella de Coca-Cola, la legendaria ruta 65 y nadie en el camino, Jack Kerouac y el espíritu de Easy Rider.

Los iconos pop de antes, los neones virtuales de ahora: la M de McDonald s y el MGM de Las Vegas, los mastodontes comerciales, las autopistas de ocho carriles, los 4x4 y la orgía de la superbowl (final de la liga de fútbol americano), las barras de strip-tease y los clubes de pistolas, el negro de Pulp Fiction, el rojo de Asesinos natos.

Lo único que no ha cambiado en estos treinta últimos años es la sacrosanta bandera de las barras y las estrellas, la plegaria que vuelve a las escuelas y el God bless America, que Dios les bendiga.

El resto es tal y como lo vemos o imaginamos, aunque la realidad es muy esquiva y no siempre es fiel reflejo de lo que ocurre en las películas.

Primer fotograma: la carretera del fin del mundo. Ese surco gris que te lleva de la nada a la nada, en medio de un paisaje de Marte o de Venus, atardeceres volcánicos y un cielo apocalíptico que nunca, en ningún otro sitio, volverá a ser tan mágico y bello.

Tiempo y espacio se funden en el infinito de esta tierra sin dueño. Desde el Valle de la Muerte hasta las estribaciones de las Rocosas, pasando por el Gran Cañón, el Monument Valley y el delirante Parque de los Arcos.

Llegar hasta aquí para descubrir el auténtico sueño americano: una piedra en lo más alto y un destello de miles de millas, un silencio telúrico y el legado intangible de los indios navajos.

Tan de otra galaxia es esto, que a la Ruta 375 le acaban de poner el nombre de La Autopista de los Extraterrestres, por orden expresa del gobernador de Nevada. Se especula, se dice, te cuentan que los alienígenas le han cogido el gusto a la zona, y que en un lugar ultrasecreto conocido como çrea 51 se encuentran, desde hace décadas, los restos de un platillo volante que se acercó más de la cuenta.

Otra creencia acendrada, por culpa de las películas, es que los nativos de Nevada, Utah, Nuevo México y Arizona son en realidad marcianos rendidos incondicionalmente a la causa americana.

Segundo fotograma: Día de la Independencia.- Y para celebrar el espíritu del cuatro de julio, para rendir tributo a los fundadores de la tierra soñada, nada mejor que el Campeonato Nacional de Perritos Calientes, Nueva York, Coney Island.

Los concursantes tienen doce minutos, doce, y una montaña de hot dogs por delante. Suena la campana y empiezan a comer con una gula de siglos, convencidos como están de que se hace patria comiendo perritos.

Al ganador, Ed Krachie, le coronan en las portadas como el último héroe americano. ¿Sus méritos de guerra? Haberse zampado 22 hot dogs en los doce minutos de rigor, superando su propio récord anterior de 20 perritos y medio.

En total, 6.820 calorías y 500 gramos de grasa, repartidos ya por su generosa geografía de 140 kilos y que aproveche, gracias.

¿Algún comentario para la posteridad? ¿Algún consejo ocurrente para ese 74% de americanos que está por encima de su peso ideal?

"Por ahora voy servido, pero por la noche, cuando azuce el hambre, me sentaré delante del televisor y me comeré por lo menos un par de hamburguesas".

Tercer fotograma.- ketchup en las venas. Nadie sabe a ciencia cierta el día, la hora, el año en que los americanos decidieron hacer comestible la basura. El caso es que todos picamos como niños, y que pese a tanta acidez y tanta dispepsia, los surtidores de comida basura siguen proliferando como esporas.

América es un cruce de autopistas con un Burger King al norte, un Pizza Hut al sur, un Kentucky Fried Chicken al este y, al oeste, donde se pone el sol, un McDonald s, siempre un McDonald s. Oak Brook, Illinois, la Universidad de la Hamburguesa. Cocineros y camareros de McDonald s pasan dos semanas de cursillos de motivación para aprender, entre otras cosas, a dorar las patatas fritas y a dar a la carne picada el toque exacto, ni más ni menos hecha, que el cliente no está para sorpresas.

Claro que, al cabo de tantos años, los niños grandes comienzan a amuermarse de Big Macs. Se ve que la comida les sabe a poco y el cuerpo les va pidiendo espectáculo.

Con esto llegamos al último filón: los restaurantes temáticos, matón en la puerta y reflectores al canto. Hoy por hoy, la única condición que se exige a una ciudad americana, para ser considerada de primera es que tenga un Hard Rock Café y un Planet Hollywood, y que Bruce Willis se desmarque con un concierto gratis en la entrada.

La guitarra gigante del Hard Rock y la esfera del Planet son los iconos de la América que viene. Y quien tenga dinero y estómago, que vaya haciendo acopio de camisetas: All Star Cafe, Harley Davidson Cafe, Fashion Cafe, Motown Cafe, Rain Forest Cafe, etc, etc, etc.

Cuarto fotograma: compro luego existo. Mall de las Américas, en Bloomington, Minnesota. Cuatrocientas tiendas, cincuenta restaurantes, la mayor orgía consumista que imaginarse pueda. Cuarenta millones de clientes en el último año, España entera metida en un centro comercial y comprando, comprando, comprando.

Es el cartesianismo a la americana, la cultura del mall que nos está inundando. Tanto compras, tanto vales. Yo soy yo y mi tarjeta de crédito. O como dice el anuncio: "Ha llegado el momento de impresionar al vecino".

Mall de las Américas, doce millones de turistas extranjeros al año, más que Disneylandia y el Gran Cañón juntos, una de las cinco principales atracciones de los Estados Unidos, años noventa.

Mall de Potomac Mills, Virginia, lo último de lo último en mastodontes comerciales. Descomunales ofertas de descuento. Visitas programadas en autobús desde el vecino Washington. Diecisiete millones de visitantes en su primer y flamante año de apertura. Cincuenta mil millones de pesetas facturados. Sigue y suma.

Quinto fotograma.- pim, pam, pum, fuego. ¿Qué hace el pequeño Johnny con un fusil de asalto AK-47 en sus manos? ¿Quién le regala a su nieto el último modelo de Glock semiautomática el día de su catorce cumpleaños?

Feria de las armas en Dallas, ciento cincuenta aniversario de la fundación de la NRA, la Asociación Nacional de Rifles: tres millones de afiliados y otros tantos simpatizantes, muchos de ellos niños. Y la nueva presidenta, Marion Hammer, que se sube al estrado y dice aquello de "la familia que dispara unida, permanece unida", y se queda tan ancha.

La cultura del colt, tan arraigada como en tiempos del oeste. Los clubes de pistolas, de San Antonio a Beverly Hills. Las tiendas de armas, en pueblos olvidados con no más de quinientas almas. Los milicianos en pie de guerra, los asesinos en serie, la bomba de Oklahoma. Los reclamos gigantes en la carretera: "No espere más: encargue por correo el último modelo de Winchester". Una de cada dos familias tiene por lo menos un arma a mano. Una de cada dos armas está permanentemente cargada.

En una casa perdida en el bosque, Nevada City, California, hay un cartel con una pistola dibujada y una advertencia así de clara: "Watch the owner!". Lo dicho: "¡Cuidado con el dueño!".

Sexto fotograma.- dance, dance, dance. La noche es una soga en un hotel perdido de la América suburbana, una angustia de zumbidos de autopista y de sirenas lejanas. La única evasión: el nightclub más a tiro y una pinta de Budweiser.

A veces hay suerte y hay una chica que baila. Desnudo integral, top-less o pezones pintados de purpurina, según las leyes de cada estado. Uno, tres o cinco dólares en el liguero y después a un privado, veinte pavos por un table dancing.

En Dallas, el Cabaret Royale. En Orlando, el Pure Platinum. En Houston, el RickÕs Cabaret. Y en Atlanta, el Taj Mahal, haciendo honor al nombre: el mayor centro de entretenimiento para adultos del planeta.

Los clubes de strip-tease, como nuestros puticlubs de carretera pero con clase. "Te conformas con ver, no me puedes tocar". Los hay para camioneros y los hay para ejecutivos. "¿Nos vemos a la salida?". Conviene no equivocarse. "No puedo; son las reglas", palabra de Demi Moore, próximamente en nuestras pantallas.

Séptimo fotograma:metan monedas.- La suerte la venden cada vez más cara. Y los casinos no son lo que eran, que parece que estemos en Disneylandia.

MGM, Las Vegas, buque insignia de la nueva generación, con león gigante que te devora en la entrada. Jubilados sin más ocupación, minusválidos purgando sus penas, padres que inyectan a sus niños la ludopatía en vena.

El juego está en auge, metan monedas. La vieja y romántica estética de Las Vegas sucumbe a golpe de excavadora, metan monedas. Moles acristaladas emulan a pirámides egipcias, al castillo de Aladino o a los rascacielos de Manhattan, metan monedas.

Atlantic City, dicen, vive ahora su segunda edad de oro. En Biloxi, Mississippi, comienza a tomar cuerpo la tercera gran meca del juego. Y a esto han quedado confinados los indios: en cada reserva, un casino. Metan más monedas, que esto es o era América.

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