26 enero 2013

Los españoles son buena gente

Sentimiento, emoción y pasión suelen entenderse como conceptos tan semejantes que podrían intercambiarse. En un análisis más técnico y especializado las diferencias son apreciables. En su uso común, sin embargo, se toman con un significado parecido: es lo sensible, lo que se expresa o mueve desde uno mismo, lo que se vive de forma casi pasiva. Por eso a los sentimientos se les sitúa al lado del corazón y lejos de la cabeza. Por eso no se les considera verdad objetiva, conocimiento razonado o justificación argumentada de una determinada conducta. Si esto es así, los sentimientos no son, en consecuencia, intenciones. De la misma manera que no son, sin más, deseos. Sentir, tener una emoción o perderse en una pasión es, por ejemplo, estar enamorado o dar saltos de alegría. Quien está enamorado -digamos de Kim Bassinger- no intenta emparejarse con ella ni desea hacerla madre de familia.

Al menos esa intención y esos deseos no se siguen del amor en cuestión ni de la alegría de dicha pasión amorosa. Por eso, en fin, a nadie se le culpa de estar enamorado de alguien muy feo o, incluso, de su hermano o hermana. O a nadie se le obliga, inversamente, a enamorarse. Viene esto a cuento a propósito de un reciente programa de TV en el que vascos, catalanes y gallegos confesaron no sentirse españoles. La reacción del público presente era de estupor y agresividad. Supongo que en muchos de los telespectadores se repetiría tanto el estupor como, sobre todo, la agresividad. La actitud que he podido detectar en otras personas más ilustradas ha consistido en reaccionar, a su vez, contra sus compatriotas. Su opinión es que cada uno siente lo que quiere y no hay por qué enfadarse porque Perú o Peré no se sientan españoles. Se puede contraargumentar, continúan los ilustrados en cuestión, oponiéndose a las razones económicas de unos, la oportunidad de otros o la utilidad política de todos. Pero no se pueden tocar los sentimientos. Estos son autónomos.

Estos no hacen mal a nadie. Irritarse porque; por ejemplo, un vasco no se sienta español carecería de sentido. Peor aún, pondría al descubierto que el español irritado es un nacionalista en el sentido menos soportable del término: no entiende nada de este mundo si no es bajo el color de su patria. Pienso, por mi parte, que el ilustrado no da en el clavo porque se queda corto. Los vociferantes eran ultranacionalistas consecuentes.

Lo que sucede es que el ilustrado debería ser más consecuente aún. Debería dar un paso más. Debería llegar hasta donde, indirectamente, conducían las propuestas de los que no se sentían españoles. Es comprensible que quien está, cómodamente, en el Estado español no tolere que un vasco, un catalán, un gallego o quien sea, no compartan sus sentimientos. Se comporta como un padre con sus hijos. El padre preferirá que un hijo dé un portazo, a que se declare indiferente ante el afecto familiar. Es lo mismo que le sucede al enamorado. Prefiere que el objeto amoroso le abandone a que manifieste la más absoluta indiferencia. Por otro lado, los sentimientos, que son distintos de las intenciones y de los deseos pueden llevar a unas y a otros.

Si X se siente vasco no español es probable que intente crear su forma política y deseará que así sea. El español, el francés o el alemán, por el contrario, no intentarán o desearán un estado porque ya lo tienen: Se quedan, así, sólo en sentimientos. Sentimientos que se movilizan, ofensivamente, contra los que pongan en duda su cómodo estar en el estado correspondiente. Por eso tiene su lógica que muchos españoles se sientan ofendidos ante los que, estando tan cerca, no se sienten españoles. Pero es así, al mismo tiempo, como se muestra lo absurdo que es el sentimiento que generan los estados. Porque tal sentimiento conduce a una visión parcial: ve en los otros lo que no ve en él. Porque es injusto: pide supresión de barreras o fronteras y no está dispuesto a quitar las suyas. Porque es ciego en grado sumo: rellena emotivamente lo que críticamente debería investigar.

Y porque no posibilita obtener aquello que una buena ilustración tendría que desear: una comunidad de pueblos libres. Hoy todos se declaran europeos, pero pocos comienzan a rectificar, de verdad, el viejo esquema del Estado-nación. Hoy son muchos los que se oponen a que una nación se convierta, mecánicamente, en un Estado pero pocos los que cuestionan que un Estado tenga que sujetar una nación. Y muy pocos los que comiencen a imaginar una confederación de pueblos europeos. Pasando, primero, por España. Para eso se necesitan también sentimientos de lo propio y de lo ajeno. Lo cual supone buenos sentimientos.

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