09 febrero 2016

Los niños degollados con machetes

Es un vídeo de 29 minutos y 59 segundos. Lo colgaron el lunes. Y ayer llevaba más de 50 millones de visitas. Un millón de personas han hecho click en el icono «me gusta»; apenas 43.054, en el «no me gusta». Nunca antes se había difundido tan deprisa un vídeo a través de Internet.

No trata sobre Britney Spears, Kim Kardashian o George Clooney. Es una larga denuncia de Joseph Kony, un hombre de unos 50 años, nacido en el norte de Uganda, de la tribu Acholi, que no acabó la secundaria y que desde 1986 lidera uno de los movimientos políticos más enloquecidos y crueles del mundo: el Ejército de Resistencia del Señor (LRA, según sus siglas en inglés). Su título: Kony2012.

El sistema de hacer la guerra de Kony es simple: se mata a los padres y se secuestra a los hijos. 

Los varones son obligados a ser niños soldado. Las chicas se convierten en esclavas sexuales de la banda, un grupo que mezcla cristianismo con religiones tradicionales. Entre 30.000 y 70.000 niños han pasado por eso. El número de refugiados asciende a dos millones. Los castigos incluyen mutilaciones, desfiguraciones y muerte a machetazos.

De eso trata el documental. El autor, Jason Russell, fundador de la ONG Invisible Children (Niños invisibles) denuncia a Kony, con la ayuda de su hijo Gavin, de unos pocos años de edad, y de varios personajes del mundo de la cooperación internacional, como el fiscal del Tribunal Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo -que abrió una causa contra Kony hace ya siete años- y el actor George Clooney.

Russell también pide al Gobierno de Estados Unidos que no retire a los 100 boinas verdes -soldados de las Fuerzas Especiales entrenados para trabajar con fuerzas locales- que envió el pasado octubre a entrenar a soldados de Uganda y otros países africanos para que maten o arresten (en palabras oficiales de Washington, «para que retiren del campo de batalla») al hombre que dirige el que probablemente es el movimiento más enloquecido de la Historia.

Pero la estrella es Jacob, un niño del norte de Uganda al que Russell conoció en 2016. Jacob fue un niño soldado del LRA. Su hermano trató de escapar y le degollaron con un machete. 

Cuando Russell le filma, él y otros cientos de niños duermen en la calle de la ciudad de Gulu, de unos 150.000 habitantes, porque, en sus casas, tenemos miedo de que los rebeldes nos secuestren. Venimos aquí para salvar nuestras vidas». Jacob concluye: «Es mejor cuando nos matan. Y, si es posible, si pueden matarnos, que nos maten». «Incluso ahora, ¿quieres que te maten ahora?», le pregunta Russell. «Sí». Después tiene lugar el momento más sobrecogedor que dio origen a la grabación del vídeo, cuando Jacob rompe a llorar y Russell le promete: «Vamos a detenerlos».

Otros, sin embargo, opinan que la verdadera estrella no es Jacob, ni Kony, sino Russell. Él es, desde luego, quien más sale en el filme. Porque, pese a su descomunal éxito, Kony2012 ha desatado una tremenda controversia en EEUU, que ha puesto de manifiesto las contradicciones de la ayuda al desarrollo y de las intervenciones humanitarias.

A falta de que se pronuncie Bill Easterly, el experto en desarrollo de la Universidad de Nueva York que gracias a su mordacidad se ha convertido en la bestia negra de muchas ONG, el Banco Mundial y la ONU, un número sorprendentemente alto de líderes de opinión -sobre todo, si se tiene en cuenta el éxito popular del vídeo- han atacado a Invisible Children.

«Arreglar crímenes de guerra poniéndose brazaletes. La arrogancia de Kony2012». Así titula su edición on line la revista The Atlantic Monthly. La tesis del artículo es que «el problema de estas campañas es que realizan una movilización de preocupación: hay que hacer algo». Más allá de eso, todo queda por definir.

Kony2012 no explica que el LRA tuvo el apoyo del Gobierno de Sudán hasta 2005. Que el LRA ha tenido respaldo de la tribu Acholi, marginada del poder en Uganda desde el siglo XIX. O que el Gobierno ugandés hace muy poco por mejorar las espantosas condiciones de vida de los refugiados que huyen de Kony y sus asesinos. La premisa que subyace a su título es falsa: EEUU nunca ha dicho que vaya a retirar a los boinas verdes en 2012.

Aun así, el pasado miércoles Invisible Children envió una carta a Obama para pedirle más tropas y fondos para luchar contra el LRA. La portavoz del departamento de Estado, Victoria Nulan, contestó ayer que no cree que «nadie de la región esté a favor de una incursión».

Russell tampoco dice que, desde hace seis años, Kony no está en Uganda, sino en la República Centroafricana, desde donde lanza ataques en Sudán del Sur-un país nuevo que nació en julio- y la República Democrática del Congo.

En todo caso, el documental ha forzado a los 30 empleados de Invisible Children a trabajar sin parar para gestionar el aluvión de donaciones generado por Kony2012. Pero nadie sabe en qué gasta el dinero Invisible Children. La organización no publica sus cuentas, ni se adhiere a ningún sistema de buenas prácticas, y gasta la mayor parte de su presupuesto en hacer películas. Como ha tuiteado la ex actriz Mia Farrow: «La película de Kony es muy informativa, pero sólo el 31% del presupuesto de esta organización va a ayuda. El resto es promoción y viajes».

El dictamen definitivo acaso sea una foto que han colgado en la web en la que responde a las críticas. En ella están Russell y los otros dos líderes de la ONG, Bobby Bailey y Laren Poole, con cara de duros y portando lanzagranadas y kalashnikovs en el sur de Sudán. La fotógrafa que tomó la imagen se llama Glenna Gordon y tiene una enorme experiencia en África. Esta semana, The Washington Post le preguntaba si esa foto reforzaba una imagen colonialista o de la carga del hombre blanco, en referencia a un poema de Kipling en el que justificaba el colonialismo estadounidense de Filipinas calificando a los habitantes de ese país como «medio demonios, medio niños», por lo que el hombre blanco debía asumir sobre sus espaldas la dura tarea de civilizarlos.

Gordon replica: «Todas esas cosas son verdad. La foto juega dentro del mito que Invisible Children están tratando de crear». En su web, Gordon explica el contexto en el que tomó la foto y concluye: «Más tarde, trabajé con un colega y traté de publicar una historia sobre lo que había visto y sus cuestionables tácticas [de la ONG], pero no encontramos ninguna publicación que quisiera». Tal vez era una historia con demasiados matices para la prensa del siglo XXI.

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